3 de junio de 2008

Cuentos para adolescentes

Si sos un adolescente soñador este cuento es para vos!


Por: Blanca Luz - Chilena


...EXTRAÑO SUEÑO...


Los sueños rara vez se asemejan a la realidad, así como tampoco intentamos de concretarlos, hasta que a veces nos perturban a grados extremos, que pensamos que es algo que tenemos que vivir y que no podemos seguir negándonos a aceptar que entren en nuestra vida real.
Algunos psicoanalistas dicen que son deseos ocultos que no queremos expresar, son nuestros miedos, son también concretizaciones astrales.
Soñar es vivir otra realidad, más ligada con nuestro espíritu, y también puede ser el cable a tierra que necesitamos para saber adónde vamos y por qué, Mara decidió vivir su sueño, era lo correcto para ella en ese momento, pero sólo Rafael nos podría decir si hizo realidad este sueño porque también fue parte de él.
Rafael y Mara se conocían de tiempo, eran amigos y se habían conocido en una empresa, donde ambos realizaban labores distintas, al irse Mara de la empresa, ellos siguieron en contacto.
Mara no podía evitar a veces sentir una especial ternura y amor por Rafael, sentía esa necesidad de acariciarle como si fuera un niño, él se molestaba con ella por eso, pero Mara le decía que era algo: muy de adentro y que no podía evitarlo.
Ambos conversaban de todo, y no les faltaba tema, las horas pasaban rápidas y sin darse cuenta.
Compartían el gusto de tomarse el tiempo para observar la puesta de sol, otras se entretenían mirando a las olas del mar en su ir y venir, o bien paseando por los parques aspirando el perfume de las flores de los jardines.
Quizás esto comenzó, el día en que coincidieron en una reunión para algunos amigos, se dio que en la reunión cada uno compartió con sus amigos, y amigos comunes trataron de arreglar que ellos, se fueran juntos a otro lugar donde continuaron todos conversando.
Claro que Rafael tampoco estaba bien, había bebido sin cenar, hablaron puras tonteras, Mara estaba algo confundida. Como casi al amanecer se fueron todos a dormir acomodándose cada uno en su habitación, pero Rafael quería dormir con Mara, ella en realidad no se hizo problemas, pues no pensaba desvestirse, pero ella se daba cuenta que su amigo no estaba bien, y no le quería discutir, pero él buscaba pelea.
Finalmente, ella se enojó un poco, se duchó y en ello se dio cuenta que no podía pelear con él, que lo quería demasiado para estar enfadada con él. Ella le dijo que lo quería y que no pelearan más, ella lo envió a la ducha, pero Rafael solo reaccionó cuando tomaron desayuno. Mara quiso irse, pero Rafael no la dejó alejarse ese día temprano, así que compartieron sus actividades ese día, solo se separaron hasta que rendidos se fueron a sus respectivas casas a reponer el sueño.
Tres semanas más tarde, Mara y Rafael se reunieron para conversar, él le pidió disculpas porque él no se acordaba de nada de lo que había pasado esa noche, Mara ni se sorprendió, pues de alguna forma, ella siempre se dio cuenta que las cosas así eran y le creyó.
Rafael le propuso salir juntos de vacaciones, ella lo pensó un poco y aceptó, eran sólo unos pocos días a lo sumo una semana, así que coordinaron sus fechas de vacaciones, las acomodaron y se fueron de paseo a la costa. A medida que se acercaba la fecha, Rafael estaba como asustado y se comportaba un poco seco y duro con Mara.
Mara pensó que él se había arrepentido y que no irían juntos, pero ella no se complicaba y no se hacía ni medio problema, pues estaba preparada para esa eventualidad. Rafael se dio cuenta que debía continuar con los preparativos, más que mal él lo había iniciado, así que fue preparando los detalles necesarios.
Convinieron reunirse después del trabajo de Mara e irse juntos al hotel, pero la noche previa al de la reunión, Mara tuvo su primer sueño con Rafael que ella recordara, su extraño sueño era un desvarío pues estaban solos y era absolutamente erótico, empezaron a besarse, luego se acariciaron y terminaban amándose con locura, ella despertó sobreexcitada y confundida esa mañana.
Mara se sentía segura de sí, en el aspecto de no vivir una aventura con su amigo, pues antes que nada no quería dañar la relación de amistad que entre ellos existía. Tuvo un día loco de trabajo y tensión que cuando se encontraron estaba con un cierto grado de nerviosismo.
Los primeros días todo anduvo bien entre ellos, pero Mara seguía teniendo esos sueños con Rafael que al final le trajeron turbación y confusión. Ella en el fondo de su corazón, se sentía bien con Rafael, pero estaba luchando en su interior por controlarse y no realizar acciones impulsivas.
Pero esa mañana le pidió un abrazo fuerte y decidió abrirle su corazón, sincerándose con él y pidiéndole que le amara, pero al mismo tiempo pidiéndole que si él sentía que no podía ser, ella iba a salir esa noche para evitar forzar situaciones que a lo mejor él no deseaba, en realidad, ella no sabía que pasaba por su cabeza y su corazón, porque tampoco habría sabido que hacer, lo más probable que esa noche, ella hubiera caminado y caminado hasta el cansancio para no tener esos extraños deseos. Pero Rafael le dijo que lo perdonara, pero que él no sentía nada por ella y que estaba sorprendido, Mara se avergonzó y se reprochaba interiormente su actitud, y él le dijo que dejarán pasar el día.
En ese minuto lo único que necesitaban era andar, pues está claro que lo dicho, significaban mil cosas.
Sería acaso solo deseo, ¿qué una vez que quedará satisfecho, ya no habría inquietud ni nada, resultaría?, que sabían ambos sobre eso, los sueños podían no cumplirse y resultar también un fiasco, Mara jamás hacía caso a sus sueños pero lo repetitivo y lo vívido, la tenía ardiente, ella no era mujer de pasiones, tal vez de mucha ternura, quizás por eso estaba tan excitada, pues era algo nuevo y diferente en su piel.
A medida que el día fue transcurriendo como que Rafael, no se negó más a lo que pudiera sentir o pasar entre ellos, pues ellos se querían harto y además ambos sabían que por sus circunstancias de vida tampoco podían comprometerse.
Esa noche mientras Mara intentaba preparar la cena, Rafael la observaba como trabajaba y empezó a acercarse a ella, haciéndole cariño y la cena quedó olvidada, pues ellos jugaron como dos niños a quererse, Mara estaba feliz, las cosas se estaban dando entre ellos, eran afines y ella se entregó sin pausas y sin miedo.
Al día siguiente, fueron a otra ciudad y no encontraron alojamiento como ellos necesitaban, se tuvieron que conformar con una habitación matrimonial, Mara estaba complicada, no quería abusar de su amigo. Le dejó tranquilo esa noche, pero claro que no se resistió mucho, pues no podía evitar el deseo que sentía por él, eso la tenía sorprendida de sí misma, le amaba con una pasión y un fuego que le abrasaba.
Rafael se rindió, prefirió disfrutarlo sin pensar más, era tierno y delicado, aunque no podía dejar de sentirse algo extraño, confundido, pasaban mil cosas por su cabeza, pues recién estaba realmente conociendo a su amiga, pero por otro lado esa entrega sin pedir nada a cambio lo tenía desconcertado.
A veces pensó mal de su amiga, pero ella era así, porque jamás tenía segundas intenciones, era muy literal con el juego de las palabras y eso le daba un efecto pícaro, del cual muchas veces ella no tenía conciencia.
Mara estaba sorprendida, pues él a veces era frío y distante, que descubrir que era apasionado y que se esforzara por hacerla feliz, que se entregaba al juego que estaban viviendo, no podía dejar de conmoverla.
Pero finalmente, llegó el último día de sus vacaciones al separarse, él no pudo evitar ser frío y decirle que lo habían pasado bien y que entre ellos no había nada. Mara lo sabía bien, no pedía nada, pero no pudo evitar sentir tristeza por su frialdad, hubiera preferido que él no hubiera dicho nada, pues ella lo tenía presente pues para que ese sueño hubiese podido continuar, debían ocurrir otras cosas que no se planearon y arreglaron.
Pasaron unos días, se reunieron como si nunca hubiera existido la pasión que hubo entre ellos, si no como amigos, definitivamente se sentían seguros el uno con el otro, pasaron algunas semanas y meses y un buen día se propusieron realizar un nuevo viaje de vacaciones.
En este viaje todo fue planeado: el hotel, los lugares a visitar, fue distinto pues ya se conocían mejor. Mara trató de evitar su efusividad, pero definitivamente era una regalona irremediable que no pudo ir contra su naturaleza afectuosa y cariñosa. Mara quería no sentir esa fogosidad que inspiraba Rafael, y se mantenía ausente.
Rafael estaba confundido los primeros días de verla distante, pero ella intentaba de no incomodarlo y disfrutaba de su compañía, él se sentía feliz con ella.
Bromeando un día, Rafael le dijo que tendrían que bañarse pues habían andado todo el día subiendo y bajando colinas y escaleras interminables, ella sin mediar palabras, ni pudor se desvistió y se metió a la ducha, él la siguió y se bañaron juntos, era una delicia mutua sentir el agua en sus cuerpos, su intercambio de caricias jabonosas y sus besos juguetones.
Después se secaron mutuamente y continuaron en sus juegos de besos, abrazos y terminaron amándose apasionadamente, esa noche se durmieron abrazados, estaban exhaustos pero plenos.
Los días siguientes, siguieron apasionados y tiernos entre sí, no se proyectaron hacia adelante, ambos tenían temores al compromiso, quedaron en el silencio muchas palabras, que no afloraron para no romper el encanto de estos momentos, vivían un presente magnífico y exquisito, jamás tal vez habrían descubierto lo afines y apasionados que podían resultar de no vivir esos días.
Rafael trataba de aferrarse a esa personalidad individualista y autosuficiente que tenía, que a Mara desconcertaba y trataba de asimilar y comprender, era cierto que Mara tal vez era demasiado dulce y atenta, y él no podía aceptarlo.
El día del término de sus vacaciones, Rafael le dijo a Mara que prefería que dejaran de verse, pues ya no se sentía tan seguro de sí como antes, para verla de nuevo sin terminar lastimándola, Mara fingió no darle importancia, pues no se veían más allá de una o dos veces al mes, que nada dijo.
En Mara había mucha confusión en su mente, muchas cosas nuevas, que no sospechaba que volvería a sentir, pues de alguna manera se sentía viva, ella en realidad no sabía si amaba o no, porque ya no quería engañarse más creyendo que era amor lo que no era, ya no era joven, ya no se hacía ilusiones, pensaba a veces que el amor era como una palabra de diccionario que era demasiado abstracta para representarla y que a lo mejor no existía en su vida.
Después de ese viaje la amistad de Rafael y Mara se perdió en el ocaso aquel en que se despidieron.
Mara al principio, estaba más ausente, más inestable, más melancólica, no podía evitar recordarlo, en su intimidad recordaba cada detalle, cada gesto que allí entendió que había perdido a su amigo, también comprendió que le amaba demasiado, en esos días lo había aprendido a querer más, quizás su único consuelo era saber que era posible sentir todas las cosas bonitas que él le había hecho vivir.
Rafael le daba vueltas a las cosas, la recordaba, pero no quería volverla a ver, quería estar seguro de que lo que sentía por ella, no era solo pasión y deseo. Que era un amor real y verdadero, pero también al mismo tiempo quería no sentir nada por ella, pues ella no era el tipo de persona que él había idealizado en su mente como mujer.
Mara trataba de borrarlo de su memoria y piel, sentía que ya no podría volver a amar y entregarse como se había dado, sin medida, era un proceso doloroso pues al final siempre terminaba valorando todas las cosas especiales y únicas de Rafael.
Mara sufría, pues había un espacio de su vida que había llenado Rafael, de forma completa y única, pero él sólo calló y se alejó en las brumas del ayer, ella jamás rompió su promesa, de tocar el tema con Rafael en alguna ocasión, ni tampoco de buscarle aunque eso significara, lo que había ocurrido en sus vidas no saber más el uno del otro.
Rafael se mudó de ciudad, para empezar su vida cerca de su gran pasión, el mar. No quería cruzar ninguna frontera que lo hiciera ceder lo que más apreciaba: su Libertad, pero por otro lado, trataba de sofocar todas sus necesidades afectivas y emocionales con su familia: sus hermanos, sobrinos y su madre.
Mara siguió su vida como siempre, como si nada hubiera ocurrido, pero sus ansias de ternura y amor eran mayores, tal vez más inconformista, después de esta experiencia tuvo que tratarse con una psicóloga para superar el vacío y hastío que sentía por la vida, y en sus muchas lágrimas pensaba en las palabras de su corazón que le decía: todo llega a su tiempo, ni un minuto antes, ni otro después.
Tal vez su sueño no tenía que hacerse realidad con Rafael, y él sólo era la imagen idealizada que existía en su mente.




Cuento para adolescentes

Ahí les va un cuento para enamorarse...


Por: Hans Christian Andersen

*EL PRIMER BESO*



El viaje estaba un poco aburrido. El auto se deslizaba adormecedoramente sobre el asfalto hirviente de la Ruta 14. Habíamos pasado Gualeguay y mi viejo, con la mirada en la ruta y la frente plagada de gotitas de transpiración, seguía buscando alguno de esos bares ruteros donde se consigue la anhelada Coca fría.En la radio del auto sonaban unos chamamés con interferencias, por las ventanas delanteras abiertas entraba un aire caliente y húmedo, pero el bar no aparecía. Mi viejo se vuelve a acomodar en el asiento, siempre mirando para adelante y silbando de vez en cuando algún tango. Cómo silbaba tango mi viejo, yo no podía sacar ni la décima parte de sus melodías, y eso que trataba de copiarle el silbido a cada rato.A mí la remera a rayas ya se me había adaptado al cuerpo como una segunda piel y la aureola de sudor debajo de los sobacos era imponente. Imposible dormir, aunque podría decir que me desperté de un raro letargo al sentir que el auto viraba y entraba en un camino de un pedregullo agreste y saltón. Al levantar la cabeza veo el cartel: "Bar Espino". ¡Por fin la Coca Cola!Quince minutos después retomamos la ruta, con un par de botellas de una de las mejores Cocas que recuerdo haber tomado, mi viejo silbando de nuevo y el asiento recalentado del sol de la mañana. Me quemo el codo al apoyar el brazo contra la puerta que arde. Faltaba poco para llegar a Barú, donde íbamos a lo de Yourdan. Pero antes teníamos que visitar a un lejanísimo pariente de esos que no sé como el viejo los conocía a todos.Por mi parte, me encontraba bastante incómodo porque siempre para mí las situaciones eran dificilísimas: entrar simpáticamente a casas extrañas con gente desconocida y simular que me acuerdo de todos y que me alegraba de verlos. Antes de llegar ya contaba las horas para saber cuánto faltaba para irnos y molestaba a cada rato a mi papá para tratar de achicar la estadía. En el fondo me gustaba acompañarlo en sus viajes a Entre Ríos, era lindo bañarse y nadar en los arrollos, andar a caballo o comer esos gruesos salamines caseros que nos convidaban casi obligatoriamente en todas las casas de campo donde paráramos. Pero lo que más quería era estar en mi casa en Caseros y reunirme con mis amigos del barrio, terreno más firme y familiar.Entre Ríos era una gran sábana verde con un rayón gris azulado en el medio, aunque mirándolo con más detenimiento también era un alambrado infinito, un chamamé ruidoso y mal sintonizado, el ruido del viento que se embolsaba en el auto, el reflejo hiriente del sol en la ruta allá adelante, las vacas eternas pastando al costado y la incertidumbre de casas siempre lejanas.Otra vez suena el pedregullo. Desaparece la ruta, atravesamos una tranquera abierta y paramos bajo una fresca arboleda. Mi viejo se baja enseguida, yo lo sigo y caminamos hacia la casa. Unas gallinas sueltas escapan entre cacareos, un par de perros ladran fuerte, papá golpea las manos y allá desde el fondo se acerca un hombre alto y flaco con un sombrero de alas anchísimas.- ¡Ya vá!dice y al ver a los visitantes se le dibuja una sonrisa franca.- Don Carlos, cómo anda tanto tiempo.El hombre abraza a mi viejo y enseguida enfoca su mirada en mi persona (éste es Albertito dice papá, y yo que ya estoy bastante incómodo, con eso sólo me ofendo, porqué no dirá Alberto).- Vos no te acordás de mí, si la última vez que viniste eras así de gurí. Ahora ya sos un hombre grande, ¿cuántos años tenés?- Trece.Respondo con un temor totalmente fundado dado que yo solamente era un pre-adolescente callado y solitario. Distinto sería si hubieran estado en ese momento mis amigos del barrio, ahí sí le hubiera contestado con una seguridad desafiante.Luego se ponen a hablar entre ellos, casi como si no yo no existiera, y entre los cacareos, los pájaros y el viento siseante entre las ramas oigo nada más que un palabrerío intraducible pero por demás sabido y por sobre el murmullo la "Z" intermitente del entrerriano, con ese acento que tanto conocía y que después de tantos viajes casi se me había pegado.Entramos a la casa. Nos recibe una señora gordísima y rosada con un delantal exageradamente gastado y una risa que parece una tormenta, como todas las risas de esas matronas de campo, abierta y bonachona. Rápido se acercan las cuatro hijas para saludar a los porteños.El hombre nos presenta a las nenas (14, 15, 17 y 20 años) y cuando me toca el turno de darles el beso protocolar me miran con una picardía que por supuesto captaba pero me servía nada más que para sentir una timidez que decididamente me superaba. Ni decir que hubiera querido desaparecer inmediatamente.Trato de protegerme, sutilmente me ubico por detrás de mi padre, miro a las paredes de la casa, de barro y adobe bien firme, pero es inútil: Marita, la menor, me mira y se ríe. Qué hacer en esta situación, entre el olor y el vapor del guiso que marcha y mi viejo dispuesto a quedarse para el almuerzo, qué hacer sino quedar totalmente paralizado e inmóvil?. Para mejor mi papá ahora me mira con un dejo de desagrado por mi actitud descortés y poco comunicativa. Y bueno, habrá que aguantar, faltan nada más que cinco horas y media para que se hagan las seis de la tarde, hora en que el viejo me prometió que nos íbamos.- Vamos a comer un pavo, y de paso probamos la escopeta nuevaDice el entrerriano. Entonces trae de la pieza un rifle nuevito, lustrado y con mira telescópica. Salimos de nuevo al patio y otra vez pierdo el hilo de la charla.- Cuál le gusta Don Carlos?Observamos lentamente el entorno, hay un galpón lleno de herramientas, un sulky despintado de azul, al lado un tractorcito y gallinas, perros y árboles por todos lados. Al fondo, detrás de un bebedero se ven unos diez o quince pavos gigantescos, que no parecen percibir el asesinato inminente. El hombre se apoya en una de las barandas del sulky, prepara el rifle y apunta. Se produce un ruido seco y de repente la arboleda calla, las gallinas y los pavos corren en desbandada, los pajaritos parecen haber desaparecido mágicamente. Allá, donde estaban los pavos, queda sólo un cuerpo tendido. Nos acercamos y vemos que se trata de la víctima, imposible identificarla ya que el balazo le voló la cabeza limpita. Llevan el cadáver a la cocina, la doña lo pela en dos minutos y lo mete en una olla.Mientras se cocina vuelvo a la insalubre actividad de responder a preguntas complicadísimas, como qué estudio, cómo está mi mamá, si me gusta el campo y qué lindos ojos que tengo. Menos mal que enseguida todos se sientan, charlan animosamente y se bajan una botella de aperitivo Marcela. Otro enigma indescifrable para mí era imaginar cómo hacía el viejo para tomar semejante brebaje amargo sin hacer una sola arcada.Marita charla con la madre y ayuda a poner la mesa. Mientras tanto, yo trato de esconderme de su vestido floreado y livianito, que pasa cerca y amenaza tocarme en cualquier momento. ¿Qué hora es? Uy, todavía faltan como cinco horas para irnos. Una eternidad.Llega la hora del almuerzo, me como una pata del pavo con papas, los grandes toman vino y el resto bebemos un jugo de naranja bastante aguado y medio tibio. Pero el pavo está buenísimoPor suerte mi viejo charla hasta por los codos, con lo que zafo de seguir respondiendo con monosílabos mentirosos y onomatopeyas evasivas. De postre, unas naranjas y manzanas. Termina la comida, papá enciende uno de esos asquerosísimos cigarros que compraba por kilo en Once, y se viene el desastre total: Marita me invita a jugar afuera. Socorro! (Pero papá, no te das cuenta por lo que estoy pasando, porqué no me salvás? Vámonos ya!).Cuando suena la voz de pito de Marita invitándome mi viejo me mira serio.- Andá gurisito, que acá te vas a aburrir.En la mirada me doy cuenta de que no es una propuesta, sino una orden estricta y de cumplimiento obligatorio. Así que no queda más remedio que salir al patio. Y bueno, la vida es así, de vez en cuando es necesario jugarse entero.- Vamos al galpón. Dice Marita.Así entramos a uno de esos galpones camperos con ese maravilloso e inovidable olor a maíz mezclado con bosta de caballo y grasa de carro. Comienza por mostrarme los conejos del corralito del fondo y rápidamente ordena:- Te juego una carrera!Y sale disparada hacia el campo. Yo sigo atrás, pensando continuamente qué le digo a esta entrerrianita rubia como el trigo que de ninguna manera pierde esa sonrisa picarona. Nos internamos en el maizal, de plantas altas que superan ampliamente nuestra propia altura, distribuidas en una simetría casi perfecta y con piso de chalas secas y crujientes. No sé cómo pero ahora me encuentro perdido en medio del maizal, con Marita al lado y acercándose peligrosamente. Sin dejar de mirarme se aproxima cada vez más y a mí me empiezan a zumbar los oídos, se me nubla la vista, pierdo la noción del tiempo y el horizonte es nada más que su cara que me está por atrapar. Como entre sueños percibo que me agarra de un brazo y siento que su boca blandita se apoya contra la mía sigilosamente: Ayayay, me está besando!Creo que el beso duró unas cuatro horas aunque en realidad habían pasado un par de segundos, pero lo que sí puedo asegurar es que en el campo se hizo un silencio y un vacío espantoso, quería correr despavorido pero estaba clavado al suelo, quería gritar algo pero estaba mudo. Marita se separa un poco, me vuelve a mirar y enseguida arremete de nuevo, pero esta vez con la boca un poco abierta. Yo, que sigo inmovilizado, no puedo hacer nada para detenerla, pero en ese momento siento que el nudo que tenía en el estómago se deshace y deja lugar a una sensación inédita e indescriptible, se me llenan los pulmones de aire y al sentir la humedad de su saliva en mi boca me embarga una felicidad desconocida.Después, noto que saca un poquito su lengua que se va internando tímidamente y recorre mis dientes y llega a tocar la mía. Ahora estoy sobrevolando el maizal, escucho claramente el griterío de los odiados loros que destruyen los marlos incipientes. El cielo y sus dos ojos cerrados son la misma cosa. El pelo rubio que me toca en las mejillas son las plantas de maíz vistas desde arriba. Atrapo los dos brazos tibios de Marita con mis manos y la beso suave pero firmemente. Así que esto era besar.En las dos horas que siguieron caminamos por el campo, me empezaron a salir las primeras frases medianamente coherentes del día, e intentaba besarla cada dos o tres pasos, y lo lograba!. Cuando atravieso su cintura con mi brazo me doy cuenta que por primera vez toco un vestido de mujer, y encima con una mujer adentro. Esto era realmente increíble, no veía la hora de volver a Caseros para contarles mi extraordinaria aventura a mis amigos, se iban a morir de envidia, aunque Walter y algunos otros ya tenían novia.Qué rápido se me pasó esa tarde, casi sin darme cuenta siento los gritos del viejo que me llama para retomar el viaje. Marita y yo nos miramos, nos damos el último beso y volvemos a la realidad del patio - gallinero. Ahora siento una mezcla de euforia triste, probablemente no la vea por mucho tiempo, o nunca más. Qué aventura fabulosa, cuántas oportunidades tiene uno en la vida de sentir en una misma tarde, pánico, felicidad, amor, tristeza, y todo eso en solamente dos o tres horas.Nos despedimos de todos, yo con una postura desconocida en mí saludo cordialmente a la señora y a su esposo, me despido de las chicas con una sonrisa y subimos al auto. Mi viejo me vuelve a mirar, pero ahora con un gesto de extrañeza y tratando de indagar a qué se debió este cambio.Acomoda en el asiento de atrás la intomable botella de Aperitivo Marcela que le regaló el pariente, arranca y saludando con las manos salimos de la arboleda. Otra vez la cinta asfáltica, las alambradas, las vacas que se mantienen en el mismo lugar que las dejamos hace unas horas, la radio local que sigue con interferencias, y el sonido del espectacular silbido de mi viejo que ahora interpreta "Canaro en París". Sin sacar la vista de la ruta me dice:- Viste que te dije que nos íbamos a las seis y nos fuimos a las seis?. No te podés quejar eh, gurí?.Yo, tirado contra el respaldo de la butaca y con un aire canchero de hombre mayor ya realizado, le contesto:- Sí papá, pero, cuándo volvemos?Ay Albertito, quién te entiende.



Autor anónimo

31 de mayo de 2008

*Características de las lecturas de los niños de 9 a 12 años*

Los niños de esta edad afirman su independencia y disfrutan participando en juegos de equipo, desarrollan el concepto de identidad individual y autoestima. Además de su entorno quieren conocer mundos de avntura como el de los piratas, dragones o magos. Les encantan las novelas de amor, de ciencia ficción, las aventuras de pandillas, las historias de detectives y fantasmas.


Les recomendamos:
  • "Brujas en el bosque"

Autor: Mario Méndez

Ilustraciones de Javier Sánchez

Editorial Alfaguara

Año 2004

Gustavo y Franco son dos hermanos adolescentes que están de vacaciones en Costa Boscosa y que proyectan filmar una película en esa solitaria playa, mientras su padre se encuentra al frente de un emprendimiento inmobiliario en la zona. La aparición de Gabriela, una singular muchacha con unos preciosos ojos verdes, les cambiará la vida. A partir de ese momento, el pasado y el presente se plantean como un rompecabezas, donde la lógica del policial se abre paso entre los múltiples enigmas que los personajes deberán cumplir. En esta nueva novela de Mario Méndez, el suspenso, la aventura, lo sobrenatural, el amor y la traición se conjugan para dar lugar a una atrapante historia.

  • "Cuentos de chicos enamorados"

Autora: Elsa Bornemann

Ilustraciones de Viviana Garófoli

Colección: Biblioteca Bornemann

Editorial Alfaguara

Año 2004

Cuentos de chicos enamorados, ideales para descubrir los primeros amores.
"Uno más uno" de El libro de los chicos enamorados (1976) A los cinco años es posible, plantar un nombre, guardar un secreto, gastar las vacaciones haciendo amigos y descubrir que lo mágico es breve, hermoso e inexplicable.
"Mil grullas" de No somos irrompibles, 12 cuentos de chicos enamorados (1981) Cuando creemos, un móvil con mil grullas puede salvar una vida.
"Pequeña ola" de No somos irrompibles, 12 cuentos de chicos enamorados (1981) A veces es doloroso aprender que la desconfianza pueda acabar con el amor.
"Picaflor" de No somos irrompibles, 12 cuentos de chicos enamorados (1981) Una bellísima leyenda que da cuenta del amor capaz de transformar a dos seres que solo desean estar juntos.
"Solamente los que se aman" de Corazonadas El libro II de los chicos enamorados (1992) El amor que no entiende de sacrificios o no repara en ellos con el solo fin de hacer feliz a la persona amada.
Todos son una caricia para el corazón, desatan sentimientos de ternura, de amor, de generosidad. Uno más lindo que el otro.

  • "El mágico mundo de los vampiros"


Néstor Barrón

Ilustraciones Fernando Molinari

Ediciones Continente

Año: 2004

¿Desde cuando los vampiros están entre nosotros?¿Quién fue realmente Drácula?¿Todos los vampiros se alimentan de sangre?¿Cómo defenderse de ellos?¿La seducción es uno de sus mayores poderes?¿Qué diferencia hay entre los vampiros de África y Asia, de la Antigüedad Clásica, del Oriente milenario?

Se pueden encontrar con estos libros y otros en la colección Biblioteca Bornemann de la Editorial Santillana.

*Cuentos Infantiles*

Les presentamos uno de los cuentos más conmovedores de nuestra infancia.



Esperamos que les guste!!




LA BELLA Y LA BESTIA

Por
Madame Leprince de Beaumont (Jeanne Marie Leprince)



Había una vez un mercader muy rico que tenía seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en gastos para educarlos y los rodeó de toda suerte de maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la más joven despertaba tanta admiración, que de pequeña todos la apodaban “la bella niña”, de modo que por fin se le quedó este nombre para envidia de sus hermanas.
No sólo era la menor mucho más bonita que las otras, sino también más bondadosa. Las dos hermanas mayores ostentaban con desprecio sus riquezas antes quienes tenían menos que ellas; se hacían las grandes damas y se negaban a que las visitasen las hijas de los demás mercaderes: únicamente las personas de mucho rango eran dignas de hacerles compañía. Se divertían en todos los bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la lectura de buenos libros.
Las tres jóvenes, agraciadas y poseedoras de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por muchos mercaderes de la región, pero las dos mayores los despreciaban y rechazaban diciendo que sólo se casarían con un noble: por lo menos un duque o conde.
La Bella —pues así era como la conocían y llamaban todos a la menor- agradecía muy cortésmente el interés de cuantos querían tomarla por esposa, y los atendía con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba que aún era muy joven y que deseaba pasar algunos años más en compañía de su padre.
De un solo golpe perdió el mercader todos sus bienes, y no le quedó más que una pequeña casa de campo a buena distancia de la ciudad.
Totalmente destrozado, lleno de pena su corazón, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida tendrían que trabajar como campesinos.
Sus dos hijas mayores respondieron con la altivez que siempre demostraban en toda ocasión, que de ningún modo abandonarían la ciudad, pues no les faltaban enamorados que se sentirían felices de casarse con ellas, no obstante su fortuna perdida. En esto se engañaban las buenas señoritas: sus enamorados perdieron totalmente el interés en ellas en cuanto fueron pobres.
Puesto que debido a su soberbia nadie simpatizaba con ellas, las muchachas de los otros mercaderes y sus familias comentaban:
— No merecen que les tengamos compasión. Al contrario, nos alegramos de verles abatido el orgullo. ¡Qué se hagan las grandes damas con las ovejas!.
Pero, al mismo tiempo, todo el mundo decía:
— ¡Qué pena, qué dolor nos da la desgracia de la Bella! ¡Esta sí que es una buena hija! ¡Con qué cortesía le habla a los pobres! ¡Es tan dulce, tan honesta!…
No faltaron caballeros dispuestos a casarse con ella, aunque no tuviese un centavo; mas la joven agradecía pero respondía que le era imposible abandonar a su padre en desgracia, y que lo seguiría a la campiña para consolarlo y ayudarlo en sus trabajos.
La pobre Bella no dejaba de afligirse por la pérdida de su fortuna, pero se decía a sí misma:
— Nada obtendré por mucho que llore. Es preciso tratar de ser feliz en la pobreza.
No bien llegaron y se establecieron en la casa de campo, el mercader y sus tres hijos con ropajes de labriegos se dedicaron a preparar y labrar la tierra.
La Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ocupaba en limpiar la casa y preparar la comida de la familia. Al principio aquello le era un sacrificio agotador, porque no tenía costumbre de trabajar tan duramente; mas unos meses más adelante se fue sintiendo acostumbrada a este ritmo y comenzó a sentirse mejor y a disfrutar por sus afanes de una salud perfecta.
Cuando terminaba sus quehaceres se ponía a leer, a tocar el clavicordio, o bien a cantar mientras hilaba o realizaba alguna otra labor. Sus dos hermanas, en cambio, se aburrían mortalmente; se levantaban a las diez de la mañana, paseaban el día entero y su única diversión era lamentarse de sus perdidas galas y visitas.
— Mira a nuestra hermana menor —se decían entre sí—, tiene un alma tan vulgar, y es tan estúpida, que se contenta con su miseria.
El buen labrador, el padre, en cambio, sabía que la Bella era trabajadora, constante, paciente y tesonera, y muy capaz de brillar en los salones, en cambio sus hermanas... Admiraba las virtudes de su hija menor, y sobre todo su paciencia, ya que las otras no se contentaban con que hiciese todo el trabajo de la casa, sino que además se burlaban de ella.
Hacía ya un año que la familia vivía en aquellas soledades cuando el mercader recibió una carta en la cual le anunciaban que cierto navío acababa de arribar, felizmente, con una carga de mercancías para él. Esta noticia trastornó por completo a sus dos hijas mayores, pues imaginaron que por fin podrían abandonar aquellos campos donde tanto se aburrían y además lo único que se les cruzaba por la cabeza era volver a la ociosa y fatua vida en las fiestas y teatros, mostrando riquezas; por lo que, no bien vieron a su padre ya dispuesto para salir, le pidieron que les trajera vestidos, chalinas, peinetas y toda suerte de bagatelas. La Bella no dijo una palabra, pensando para sí que todo el oro de las mercancías no iba a bastar para los encargos de sus hermanas.
— ¿No vas tú a pedirme algo? —le preguntó su padre.
— Ya que tenéis la bondad de pensar en mí —respondió ella—, os ruego que me traigáis una rosa, pues por aquí no las he visto.
No era que la desease realmente, sino que no quería afear con su ejemplo la conducta de sus hermanas, las cuales habían dicho que si no pedía nada era sólo por darse importancia.
Partió, pues, el buen mercader; pero cuando llegó a la ciudad supo que había un pleito andando en torno a sus mercaderías, y luego de muchos trabajos y penas se halló tan pobre como antes. Y así emprendió nuevamente el camino hacia su vivienda. No tenía que recorrer más de treinta millas para llegar a su casa, y ya se regocijaba con el gusto de ver otra vez a sus hijas; pero erró el camino al atravesar un gran bosque, y se perdió dentro de él, en medio de una tormenta de viento y nieve que comenzó a desatarse. Nevaba fuertemente; el viento era tan impetuoso que por dos veces lo derribó del caballo; y cuando cerró la noche llegó a temer que moriría de hambre o de frío; o que lo devorarían los lobos, a los que oía aullar muy cerca de sí. De repente, tendió la vista por entre dos largas hileras de árboles y vio una brillante luz a gran distancia. Se encaminó hacia aquel sitio y al acercarse observó que la luz salía de un gran palacio todo iluminado. Se apresuró a refugiarse allí; pero su sorpresa fue considerable cuando no encontró a persona alguna en los patios.
Su caballo, que lo seguía, entró en una vasta caballeriza que estaba abierta, y habiendo hallado heno y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se puso a comer ávidamente. Después de dejarlo atado, el mercader pasó al castillo, donde tampoco vio a nadie; y por fin llegó a una gran sala en que había un buen fuego y una mesa cargada de viandas con un solo cubierto. Quizás pecaría de atrevido, pero se dirigió hacia allí. La tentación fue muy grande, pues la lluvia y la nieve lo habían calado hasta los huesos, se arrimó al fuego para secarse, diciéndose a sí mismo. “El dueño de esta casa y sus sirvientes, que no tardarán en dejarse ver, sin duda me perdonarán la libertad que me he tomado.” Se quedó aún esperando un rato largo, observaba hacia los otros recintos para tratar de encontrar a algún habitante en la mansión, pero cuando sonaron once campanadas sin que se apareciese nadie, no pudo ya resistir el hambre, y apoderándose de un pollo, se lo comió con dos bocados, a pesar de sus temblores. Bebió también algunas copas de vino, y ya con nueva audacia abandonó la sala y recorrió varios espaciosos aposentos, magníficamente amueblados. En uno de ellos encontró una cama dispuesta, y como era pasada la medianoche, y se sentía rendido de cansancio, entumecido y aturdido de la aventura pasada hasta encontrar este cobijo, decidió cerrar la puerta y acostarse a dormir.
Eran las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, y no fue pequeña su sorpresa al encontrarse un traje como hecho a su medida en vez de sus viejas y gastadas ropas. “Sin duda”, se dijo, “o no he despertado, o este palacio pertenece a un hada buena que se ha apiadado de mí.”
Miró por la ventana y no vio el menor rastro de nieve, sino de un jardín cuyos floridos canteros encantaban la vista. Entró luego en la estancia donde cenara la víspera, y halló que sobre una mesita lo aguardaba una taza de chocolate.
— Os doy las gracias, señora hada —dijo en alta voz—, por haber tenido la bondad de albergarme en noche tan inhóspita y de pensar en mi desayuno.
El buen hombre, después de tomar el chocolate, salió en busca de su caballo, y al pasar por un sector lleno de rosas blancas recordó la petición de la Bella y cortó una para llevársela. En el mismo momento se escuchó un gran estruendo y vio que se dirigía hacia él una bestia tan horrenda, que le faltó poco para caer desmayado.
— ¡Ah, ingrato! —le dijo la Bestia con una voz terrible—. Yo te salvé la vida al recibirte y darte cobijo en mi palacio, y ahora, para mi pesadumbre, tú me arrebatas mis rosas, ¡a las que amo sobre todo cuanto hay en el mundo! Será preciso que mueras, a fin de reparar esta falta.
El mercader se arrojó a sus pies, juntó las manos y rogó a la Bestia:
— Monseñor, perdóname, pues no creía ofenderte al tomar una rosa; es para una de mis hijas, que me la había pedido.
— Yo no me llamo Monseñor —respondió el monstruo—sino la Bestia. No me gustan los halagos, y sí que los hombres digan lo que sienten; no esperes conmoverme con tus lisonjas. Mas tú me has dicho que tienes hijas; estoy dispuesto a perdonarte con la condición de que una de ellas venga a morir en lugar tuyo. No me repliques: parte de inmediato; y si tus hijas rehúsan morir por ti, júrame que regresarás dentro de tres meses.
No pensaba el buen hombre sacrificar una de sus hijas a tan horrendo monstruo, pero se dijo: “Al menos me queda el consuelo de darles un último abrazo.” Juró, pues, que regresaría, y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera.
— Pero no quiero que te marches con las manos vacías —añadió—. Vuelve a la estancia donde pasaste la noche: allí encontrarás un gran cofre en el que pondrás cuanto te plazca, y yo lo haré conducir a tu casa.
Dicho esto se retiró la Bestia, y el hombre se dijo: “Si es preciso que muera, tendré al menos el consuelo de que mis hijas no pasen hambre.”
Volvió, pues, a la estancia donde había dormido, y halló una gran cantidad de monedas de oro con las que llenó el cofre de que le hablara la Bestia, lo cerró, fue a las caballerizas en busca de su caballo y abandonó aquel palacio con una gran tristeza, pareja a la alegría con que entrara en él la noche antes en busca de albergue. Su caballo tomó por sí mismo una de las veredas que había en el bosque, y en unas pocas horas se halló de regreso en su pequeña granja.
Se juntaron sus hijas en torno suyo y, lejos de alegrarse con sus caricias, el pobre mercader se echó a llorar angustiado mirándolas. Traía en la mano el ramo de rosas que había cortado para la Bella, y al entregárselo le dijo:
— Bella, toma estas rosas, que bien caro costaron a tu desventurado padre.
Y enseguida contó a su familia la funesta aventura que acababa de sucederle. Al oírlo, sus dos hijas mayores dieron grandes alaridos y llenaron de injurias a la Bella, que no había derramado una lágrima.
— Miren a lo que conduce el orgullo de esta pequeña criatura —gritaban—. ¿Por qué no pidió adornos como nosotras? ¡Ah, no, la señorita tenía que ser distinta! Ella va a causar la muerte de nuestro padre, y sin embargo ni siquiera llora.
— Mi llanto sería inútil —respondió la Bella—. ¿Por qué voy a llorar a nuestro padre si no es necesario que muera? Puesto que el monstruo tiene a bien aceptar a una de sus hijas, yo me entregaré a su furia y me consideraré muy dichosa, pues habré tenido la oportunidad de salvar a mi padre y demostrarle a ustedes y a él, mi ternura.
— No, hermana —dijeron sus tres hermanos—, tampoco es necesario que tú mueras; nosotros buscaremos a ese monstruo y lo mataremos o pereceremos bajo sus golpes.
— No hay que soñar, hijos míos —dijo el mercader—. El poderío de esa Bestia es tal que no tengo ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazón de Bella, pero jamás la expondré a la muerte. Soy viejo, me queda poco tiempo de vida; sólo perderé unos cuantos años, de los que únicamente por ustedes siento desprenderme, mis hijos queridos.
— Te aseguro, padre mío —le dijo la Bella—, que no irás sin mí a ese palacio; tú no puedes impedirme que te siga. En parte fui responsable de tu desventura. Como soy joven, no le tengo gran apego a la vida, y prefiero que ese monstruo me devore a morirme de la pena y el remordimiento que me daría tu pérdida.
Por más que razonaron con ella no hubo forma de convencerla, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la joven les había inspirado siempre unos celos irresistibles. Al mercader le abrumaba tanto el dolor de perder a su hija, que olvidó el cofre repleto de oro; pero al retirarse a su habitación para dormir su sorpresa fue enorme al encontrarlo junto a la cama. Decidió no decir una palabra a sus hijos de aquellas nuevas y grandes riquezas, ya que habrían querido retornar a la ciudad y él estaba resuelto a morir en el campo; pero reveló el secreto a la Bella, quien a su vez le confió que en su ausencia habían venido de visita algunos caballeros, y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rogó que les permitiera casarse, pues era tan buena que las seguía queriendo y las perdonaba de todo corazón, a pesar del mal que le habían hecho.
El día en que partieron la Bella y su padre, las dos perversas muchachas se frotaron los ojos con cebolla para tener lágrimas con que llorarlos; sus hermanos en cambio, lloraron de veras, como también el mercader, y en toda la casa la única que no lloró fue la Bella, pues no quería aumentar el dolor de los otros.
Echó a andar el caballo hacia el palacio, y al caer la tarde apareció éste todo iluminado como la primera vez. El caballo se fue por sí solo a la caballeriza, y el buen hombre y su hija pasaron al gran salón, donde encontraron una mesa magníficamente servida en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ánimo para probar bocado, pero la Bella, esforzándose por parecer tranquila, se sentó a la mesa y le sirvió, aunque pensaba para sí: “La Bestia quiere que engorde antes de comerme, puesto que me recibe de modo tan espléndido.”
En cuanto terminaron de cenar se escuchó un gran estruendo y el mercader, llorando, dijo a su pobre hija que se acercaba la Bestia. No pudo la Bella evitar un estremecimiento cuando vio su horrible figura, aunque procuró disimular su miedo, y al interrogarla el monstruo sobre si la habían obligado o si venía por su propia voluntad, ella le respondió que sí, temblando, que era decisión propia.
— Eres muy buena —dijo la Bestia—, y te lo agradezco mucho. Tú, buen hombre, partirás por la mañana y no sueñes jamás con regresar aquí. Nunca. Adiós, Bella.
— Adiós, señor —respondió la muchacha.
Y enseguida se retiró la Bestia.
— ¡Ah, hija mía —dijo el mercader, abrazando a la Bella— yo estoy casi muerto de espanto! Hazme caso y deja que me quede en tu sitio.
— No, padre mío —le respondió la Bella con firmeza—, tú partirás por la mañana.
Fueron después a acostarse, creyendo que no dormirían en toda la noche; mas sus ojos se cerraron apenas pusieron la cabeza en la almohada. Mientras dormía vio la Bella a una dama que le dijo:
— Tu buen corazón me hace muy feliz, Bella. No ha de quedar sin recompensa esta buena acción de arriesgar tu vida por salvar la de tu padre.
Le contó el sueño al buen hombre la Bella al despertarse; y aunque le sirvió un tanto de consuelo, no alcanzó a evitar que se lamentara con grandes sollozos al momento de separarse de su querida hija. En cuanto se hubo marchado se dirigió la Bella a la gran sala y se echó a llorar; pero, como tenía sobrado coraje, resolvió no apesadumbrarse durante el poco tiempo que le quedase de vida, pues tenía el convencimiento de que el monstruo la devoraría aquella misma tarde. Mientras esperaba decidió recorrer el espléndido castillo, ya que a pesar de todo no podía evitar que su belleza la conmoviese. Su asombro fue aún mayor cuando halló escrito sobre una puerta: Aposento de la Bella. La abrió precipitadamente y quedó deslumbrada por la magnificencia que allí reinaba; pero lo que más llamó su atención fue una bien provista biblioteca, un clavicordio y numerosos libros de música, lo que reunía todo lo que a ella le hacía la vida placentera.
— No quiere que esté triste —se dijo en voz baja, y añadió de inmediato—: para un solo día no me habría reunido tantas cosas.
Este pensamiento reanimó su valor, y poco después, revisando la biblioteca, encontró un libro en que aparecía la siguiente inscripción en letras de oro: Disponed, ordenad, vos sois aquí la reina y señora.
— ¡Ay de mí —suspiró ella—, nada deseo sino ver a mi pobre padre y saber qué está haciendo!
Había dicho estas palabras para sí misma: ¡cuál no sería su asombro al volver los ojos a un gran espejo y ver allí su casa, adonde llegaba, entonces su padre con el semblante lleno de tristeza! Las dos hermanas mayores acudieron a recibirlo, y a pesar de los aspavientos que hacían para aparecer afligidas, se les reflejaba en el rostro la satisfacción que sentían por la pérdida de su hermana, por haberse desprendido de la hermana que les hacía sombra con su belleza y bondad. Desapareció todo en un momento, y la Bella no pudo dejar de decirse que la Bestia era muy complaciente, y que nada tenía que temer de su parte.
Al mediodía halló la mesa servida, y mientras comía escuchó un exquisito concierto, aunque no vio a persona alguna. Esa tarde, cuando iba a sentarse a la mesa, oyó el estruendo que hacía la Bestia al acercarse, y no pudo evitar un estremecimiento.
— ella —le dijo el monstruo—, ¿permitirías que te mirase mientras comes?.
— Sois el dueño de esta casa —respondió la Bella, temblando.
— No —dijo la Bestia—, no hay aquí otra dueña que tú. Si te molestara no tendrías más que pedirme que me fuese, y me marcharía enseguida. Pero dime: ¿no es cierto que me encuentras muy feo?.
— Así es —dijo la Bella—, pues no sé mentir; pero en cambio creo que sois muy bueno.
— Tienes razón —dijo el monstruo—, aun cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy más que una bestia.
— No se es una bestia —respondió la Bella— cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo. Los necios no lo admitirían.
— Come, pues —le dijo el monstruo—, y trata de pasarlo bien en tu casa, que todo cuanto hay aquí te pertenece, y me apenaría mucho que no estuvieses contenta.
— Sois muy bondadoso —respondió la Bella—. Os aseguro que vuestro buen corazón me hace feliz. Cuando pienso en ello no me parecéis tan feo.
— ¡Oh, señora —dijo la Bestia— , tengo un buen corazón, pero no soy más que una bestia!
— Hay muchos hombres más bestiales que vos —dijo la Bella—, y mejor os quiero con vuestra figura, que a otros que tienen figura de hombre y un corazón corrupto, ingrato, burlón y falso.
La Bella, que ya apenas le tenía miedo, comió con buen apetito; pero creyó morirse de pavor cuando el monstruo le dijo:
— Bella, ¿querrías ser mi esposa?.
Largo rato permaneció la muchacha sin responderle, ya que temía despertar su cólera si rehusaba, y por último le dijo, estremeciéndose:
— No, Bestia.
Quiso suspirar al oírla el pobre monstruo, pero de su pecho no salió más que un silbido tan espantoso, que hizo retemblar el palacio entero; sin embargo, la Bella se tranquilizó enseguida, pues la Bestia le dijo tristemente:
— Adiós, entonces, Bella —y salió de la sala volviéndose varias veces a mirarla por última vez.
Al quedarse sola, la Bella sintió una gran compasión por esta pobre Bestia. “¡Ah, qué pena”, se dijo, “que siendo tan bueno, sea tan feo!”.
Tres apacibles meses pasó la Bella en el castillo. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la entretenía y observaba mientras comía, con su conversación llena de buen sentido pero jamás de aquello que en el mundo llaman ingenio. Cada día la Bella encontraba en el monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la había habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer del momento de su visita miraba con frecuencia el reloj para ver si eran las nueve, ya que la Bestia jamás dejaba de presentarse a esa hora, Sólo había una cosa que la apenaba, y era que la Bestia, cotidianamente antes de retirarse, le preguntaba cada noche si quería ser su esposa, y cuando ella rehusaba parecía traspasado de dolor. Un día le dijo:
— Mucha pena me dais, Bestia. Bien querría complaceros, pero soy demasiado sincera para permitiros creer que pudiese hacerlo nunca. Siempre he de ser vuestra amiga: tratad de contentaros con esto.
— Forzoso me será —dijo la Bestia—. Sé que en justicia soy horrible, pero mi amor es grande. Entretanto, me siento feliz de que quieras permanecer aquí. Prométeme que no me abandonarás nunca. La Bella enrojeció al escuchar estas palabras. Había visto en el espejo que su padre estaba enfermo de pesar por haberla perdido, y deseaba volverlo a ver.
— Yo podría prometeros —dijo a la Bestia—que no os abandonaría nunca, si no fuese porque tengo tantas ansias de ver a mi padre, que me moriré de dolor si me negáis ese gusto.
— Antes prefiero yo morirme —dijo el monstruo—que causarte el pesar más pequeño. Te enviaré a casa de tu padre, y mientras estés allí morirá tu Bestia de pena.
— ¡Oh, no —respondió la Bella llorando—, os quiero demasiado para tolerarlo! Prometo regresar dentro de ocho días. Me habéis hecho ver que mis hermanas están casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se ha quedado solo. Permitidme que pase una semana en su compañía.
— Mañana estarás con él —dijo la Bestia—, pero acuérdate de tu promesa. Cuando quieras regresar no tienes más que poner tu sortija sobre la mesa a la hora del sueño. Adiós, Bella.
La Bestia suspiró, según su costumbre, al decir estas palabras, y la Bella se acostó con la tristeza de verlo tan apesadumbrado. Cuando despertó a la mañana siguiente se hallaba en casa de su padre. Sonó a poco una campanilla que estaba junto a la cama y apareció la sirvienta, quien dio un gran grito al verla. Acudió rápidamente a sus voces el buen padre, y creyó morir de alegría porque recobraba a su querida hija, con la cual estuvo abrazado más de un cuarto de hora. Luego de estas primeras efusiones, la Bella recordó que no tenía ropas con que vestirse, pero la sirvienta le dijo que en la vecina habitación había encontrado un cofre lleno de magníficos vestidos con adornos de oro y diamantes. Agradecida a las atenciones de la Bestia, pidió la Bella que le trajesen el más modesto de aquellos vestidos y que guardasen los otros para regalárselos a sus hermanas; pero apenas había dado esta orden desapareció el cofre. Su padre comentó que sin duda la Bestia quería que conservase para sí los regalos, y al instante reapareció el cofre donde había estado antes.
Se vistió la Bella, y entretanto avisaron a las hermanas, que acudieron en compañía de sus esposos. Las dos eran muy desdichadas en sus matrimonios, pues la primera se había casado con un gentilhombre tan hermoso como Cupido, pero que no pensaba sino en su propia figura, a la que dedicaba todos sus desvelos de la mañana a la noche, menospreciando la belleza de su esposa. La segunda, en cambio, tenía por marido a un hombre cuyo gran talento no servía más que para mortificar a todo el mundo, empezando por su esposa.
Cuando vieron a la Bella ataviada como una princesa, y más hermosa que la luz del día, las dos creyeron morir de dolor. Aunque la Bella les hizo mil caricias no les pudo aplacar los celos, que se recrudecieron cuando les contó lo feliz que se sentía. Bajaron las dos al jardín para llorar allí a sus anchas.
— ¿Por qué es tan dichosa esa pequeña criatura? ¿No somos nosotras más dignas de la felicidad que ella?
— Hermana —dijo la mayor—, se me ocurre una idea. Tratemos de retenerla aquí más de ocho días: esa estúpida Bestia pensará entonces que ha roto su palabra, y quizás la devore.
— Tienes razón, hermana mía —respondió la otra—. Y para conseguirlo la llenaremos de halagos.
Y tomada esta resolución, volvieron a subir y dieron a su hermana tantas pruebas de cariño, que la Bella lloraba de felicidad. Al concluirse el plazo comenzaron a arrancarse los cabellos y a dar tales muestras de aflicción por su partida, que les prometió quedarse otros ocho días.
Sin embargo, la Bella se reprochaba el pesar que así causaba a su pobre monstruo, a quien amaba de todo corazón, y se entristecía de no verlo. La décima noche que estuvo en casa de su padre, soñó que se hallaba en el jardín del castillo, y que veía cómo la Bestia, inerte sobre la hierba, a punto de morir, la reconvenía por sus ingratitudes. Despertó sobresaltada, con los ojos llenos de lágrimas. “¿No soy yo bien perversa”, se dijo, “pues le causo tanto pesar cuando de tal modo me quiere? ¿Tiene acaso la culpa de su fealdad y su falta de inteligencia? Su buen corazón importa más que todo lo otro. ¿Por qué no he de casarme con él? Seré mucho más feliz que mis hermanas con sus maridos. Ni la belleza ni la inteligencia hacen que una mujer viva contenta con su esposo, sino la bondad de carácter, la virtud y el deseo de agradar; y la Bestia posee todas estas cualidades. Aunque no amor, sí le tengo estimación y amistad. ¿Por qué he de ser la causa de su desdicha, si luego me reprocharía mi ingratitud toda la vida?.
Con estas palabras la Bella se levantó, puso su sortija sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas se tendió sobre la cama se quedó dormida, y al despertarse a la mañana siguiente vio con alegría que se hallaba en el castillo de la Bestia. Se vistió con todo esplendor por darle gusto, y creyó morir de impaciencia en espera de que fuesen las nueve de la noche; pero el monstruo no apareció al dar el reloj la hora. Creyó entonces que le habría causado la muerte, y exhalando profundos suspiros, a punto de desesperarse, recorrió la Bella el castillo entero, buscando inútilmente por todas partes.
Recordó entonces su sueño y corrió por el jardín hacia el estanque junto al cual lo viera en sueños. Allí encontró a la pobre Bestia pobre la hierba, perdido el conocimiento, y pensó que había muerto. Sin el menor asomo de horror se dejó caer a su lado, y al sentir que aún le latía el corazón, tomó un poco de agua del estanque y le roció la cabeza. Abrió la Bestia los ojos y dijo a la Bella:
— Olvidaste tu promesa, y el dolor de haberte perdido me llevó a dejarme morir de hambre. Pero ahora moriré contento, pues tuve la dicha de verte una vez más.
— No, mi Bestia querida, no vas a morirte —le dijo la Bella—, sino que vivirás para ser mi esposo. Desde este momento te prometo mi mano, y juro que no perteneceré a nadie sino a ti. ¡Ah, yo creía que sólo te tenía amistad, pero el dolor que he sentido me ha hecho ver que no podría vivir sin verte!.
Apenas había pronunciado estas palabras la Bella vio que todo el palacio se iluminaba con luces resplandecientes: los fuegos artificiales, la música, todo era anuncio de una gran fiesta; pero ninguna de estas bellezas logró distraerla, y se volvió hacia su querido monstruo, cuyo peligro la hacía estremecerse. ¡Cuál no sería su sorpresa! La Bestia había desaparecido y en su lugar había un príncipe más hermoso que el amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento. Aunque este príncipe mereciese toda su atención, no pudo dejar de preguntarle dónde estaba la Bestia.
— Aquí, a tus pies —le dijo el príncipe—. Cierta maligna hada me ordenó a permanecer bajo esa figura, privándome a la vez del uso de mi inteligencia, hasta que alguna bella joven consintiera en casarse conmigo. En todo el mundo tú sola has sido capaz de conmoverte con la bondad de mi corazón, ni aun ofreciéndote mi corona podría demostrarte la gratitud que te guardo y nunca podré pagar la deuda que he contraído contigo.
La Bella, agradablemente sorprendida, tendió su mano al hermoso príncipe para que se levantase. Se encaminaron después al castillo, y la joven creyó morir de dicha cuando encontró en el gran salón a padre y toda la familia, a quienes la hermosa dama que viera en sueños había traído hasta allí.
— Bella —le dijo esta dama, que era un hada poderosa—, ven a recibir el premio de tu buena elección: has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia, y por tanto mereces hallar todas estas cualidades reunidas en una sola persona. Vas a ser una gran reina: yo espero que tus virtudes no se desvanecerán en el trono. Y en cuanto a vosotras, señoras —agregó el hada, dirigiéndose a sus hermanas—, conozco vuestro corazón y toda la malicia que encierra. Convertíos en estatuas, pero conservad vuestra razón adentro de la piedra que va a envolveros. Estaréis a la puerta del palacio de vuestra hermana, y no os pongo otra pena que la de ser testigos de su felicidad. No podréis volver a vuestro primer estado hasta que reconozcáis vuestras faltas; pero me temo mucho que no dejaréis jamás de ser estatuas. Pues uno puede recobrarse del orgullo, la cólera, la gula y la pereza; pero es una especie de milagro que se convierta un corazón maligno y envidioso.
En este punto dio el hada un golpe en el suelo con una varita y transportó a cuantos estaban en la sala al reino del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con júbilo, y a poco se celebraron sus bodas con la Bella, quien vivió junto a él muy largos años en una felicidad perfecta, pues estaba fundada en la virtud.



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*Cuentos de terror, buuuuuuuuu hoy "LA HIJA DEL DIABLO"*

AHI LES VA UN NUEVO CUENTO QUE ENCOTRAMOS EN INTERNET Y NOS GUSTO MUCHO, DISFRUTEN!!!!

Por: José María Merino


*LA HIJA DEL DIABLO*
Hola, mi nombre es Camila y tengo 16 años, la verdad es que viví con gente de carne y hueso hasta los trece años, pero durante estos tres y los que me quedan de vida voy a vivir en la oscuridad, en espera de que algun día llegue alguien o algo que me saque de aquí.Comenzaré por contarles como llegué donde me encuentro, resulta que mi madre fue soltera y yo nunca conocí a mi padre y ella tampoco quiso hablarme algo de él, solo esquivaba mis preguntas diciéndome “no te gustaría saberlo” y reía, solo logré obtener su nombre, antes que me dijera que había fallecido.El día 17 de mayo, un día antes de mi cumpleaños, se me ocurrió salir a dar una vuelta con mis amigas a la higuera del cementerio, a ellas les pareció genial y me acompañaron, llegamos a la higuera pero esta ya había sido ocupada, por otros chicos que estaban haciendo una sesión espiritista, a nosotras nos pareció atractivo quedarnos a mirar, ellos nos invitaron a formar parte y aceptamos de buena gana. La sesión al principio fue un chiste, todo el tiempo eran risas y mas risas, una de las chicas del otro grupo preguntó si conocíamos a algún muerto para convocar su espíritu, después de darle varias vueltas a mi cabeza decidí dar el nombre de mi padre, al grupo le pareció bien y empezamos a llamarlo.Paso un buen rato y no sucedía nada, cuando de repente... la aguja comenzó a moverse de un lado al otro, estaba como loca, luego empezó a girar en círculos, todos los que estábamos ahí no sabíamos que hacer, luego uno de los presentes me dijo que le dijera algo porque era mi padre, la verdad a mi no se me ocurría nada y le dije “ Muéstrate”... nunca debería haber dicho eso...La higuera en donde estábamos empezó a agitarse y desde la copa del árbol, se podía divisar una sombra muy rara esta comenzó a bajar y ya luego se podía divisar mucho mejor, era una especie de dragón con forma de hombre, todos los que estábamos ahí entramos en pánico, no sabíamos que hacer, si correr, si gritar o solamente quedarnos quietos como estatuas; algunos entraron en trance, otros simplemente comenzaron a arrojarle piedras, lástima que ninguna le hacía daño. La bestia seguía caminando en dirección hacia a mi, yo estaba paralizada, todo mi cuerpo temblaba, mis manos estaban sudorosas, creo que eso era el verdadero miedo, la bestia cada vez se acercaba más y más, cuando ya estaba frente a mi cara, soltó una carcajada horrenda, que dejo en mis oídos un pequeño pito, mi cuerpo aun no recobraba el movimiento, estaba estático, yo solo quería gritar, quería por fin librarme del terror que me embargaba, pero no podía.Todo el grupo miraba a la bestia, una de mis amigas comenzó a rezar, y el resto la siguió, la bestia se volvió hacia ellos y los arrojó lejos, al ver esto ya sabía con quién me enfrentaba, era ni más ni menos que lucifer...El demonio nuevamente se acercó donde mi y me dijo...”¿¿Querías conocer a tú padre??, pues aquí está”, al escuchar esto, me desvanecí y desperté en este lugar horrible donde solo reina la oscuridad, y la única luz que veo es la de mi alma, que sigue viva en las tinieblas.Solo me queda pedir...AYUDA!!!



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